MI HIJO ADICTO

Relato de una madre.

Mi nombre es Alejandra, soy mamá de 4 hijos. Cuando nació mi segunda hija, me separé,
y llevé adelante mi hogar de la mejor forma que pude, pero sin aceptar dicha separación y
enojada con todo y con todos. Y el punto donde iba dirigido mi dolor y mi despecho, eran
mis hijos, a ellos les reclamaba día a día que su papá se había ido, que no colaboraba, que su
ausencia era fácil para él… y mientras mis palabras torturaban, intentaba a la vez, decirles
que ellos eran lo más hermoso e importante para mi vida. Todo era muy contradictorio,
porque los amaba pero les estaba causando heridas tal vez, más profundas que las que su
padre les había dejado.
Pasaron dos años, y conocí un hombre maravilloso con quien me casé y tuve dos hijas
más. Pero no cambié mis palabras y actitudes. No podía ver cuánto daño les estaba haciendo
y como una manera de tapar el dolor que ellos tenían, trataba de brindarles todo, en lo
económico, aun cuando no teníamos las posibilidades de hacerlo.
Los años comenzaron a pasar, llegó la adolescencia, los amigos, el futbol, las fiestitas…
y mi hijo mayor, herido, desvió su camino, conoció todo aquello q el mundo presenta para
“escapar”, para “sonreír”, para “tapar”.
Así su vida se trasformó en una tortura… su vida y la nuestra. De la “indefensa
marihuana” pasó al alcohol, la cocaína, las pastillas, los alucinógenos y todo lo que sirviera
para terminar con su vida…
Fue desesperante verlo morir, día a día, porque eso hace la droga, “mata” poco a poco,
minuto a minuto. Toda nuestra familia se vio envuelta en un caos, en una desesperación,
querer hacer algo y no poder. Porque la droga es un tren donde muchos suben y resulta fácil
y placentero hacerlo, pero bajar… Uhh.. ¡Cuánto cuesta bajar!
¡Lo primero fue reconocer mis errores, luego buscar ayuda! Primero, ayuda a quien todo
lo puede, Dios. Y Él nos presentó un camino, de los cientos que buscamos. Salir, dependía
de la unión familiar, del pedir perdón y perdonarse, del descubrir que la vida es hermosa y
que se podía volver a empezar. Sanar el corazón, dejar que aquellas heridas mías y de él,
cicatrizaran.
Entró a la Comunidad Cenacolo, una institución gratuita de recuperación de adictos, allí
aprendió a valorar su vida a través de la oración, el trabajo y la verdadera amistad. Un camino
difícil pero gratificante, donde descubrió y descubrimos que amar es dar… dar sin egoísmos,
pero dar, lo que verdaderamente llena el alma, eso que lo material no llena… no tapa… como
no llena ni tapa ninguna sustancia que se pueda consumir.
Hoy hemos vuelto a vivir, a sonreír, a honrar la vida ¡JUNTOS! Siendo familia,
mirándonos a los ojos, diciéndonos la verdad, abrazándonos y agradeciendo esta oportunidad
de perdonar, de mirar hacia adelante y ser feliz, con todos los problemas que se presentan día
a día, pero que si estamos juntos, todo se puede superar.
Alejandra Romano

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